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Una historia de resiliencia que nos recuerda que, incluso en el exilio y la adversidad, el amor es la única brújula posible para esta Navidad

Punta Cana, La Altagracia, RD.- La vida tiene formas caprichosas de cruzarnos con seres de luz. A Luis Array lo conocí en nuestra querida Punta Cana, mientras realizaba un reportaje para RumbaPuntaCana. En aquel entonces, me impresionó su disciplina como artista marcial, pero lo que no sabíamos es que el destino le tenía preparada la prueba más difícil: una que no se libra en un tatami, sino en la soledad de una celda.

Como tantos migrantes que salen con el corazón lleno de confianza, Luis tropezó con una realidad amarga que lo llevó a prisión en Italia. Sin embargo, lo que podría haber sido el final de su espíritu, se convirtió en su crisol. Al recuperar su libertad, Luis no salió con rencor, sino con una pluma cargada de alma.
Hoy, a escasas horas de que termine el año 2025, quiero compartir con ustedes sus palabras. Lo que Luis escribe es el destilado puro de quien ha perdido todo para encontrarse a sí mismo: es amor, es agradecimiento y, sobre todo, es esa esperanza inquebrantable que muchos de nosotros necesitamos renovar en estas fechas. Los dejo con este testimonio, que es —literalmente— como la vida misma.

Lo perdí todo (Luis Array)

Lo perdí todo.
Casa, rumbo, certezas. Hasta la libertad, que uno cree que es un derecho hasta que la echan en una celda.
Lejos de mi familia, de mis amigos, de mi idioma, de mí mismo.
Y entonces pasó la paradoja:
cuando ya no tenía nada, aparecieron personas que no me debían nada.
Gente desconocida que decidió confiar.
Puertas que se abrieron sin preguntas incómodas.
Un pueblito que no salió en ningún noticiero, pero me dio refugio.
Una señora que dejaba una parmeggiana en la ventana.
Como quien dice: “no sé tu historia, pero come”.
Frutas, verduras, comida.
Gestos simples, que en realidad eran enormes.
Una mirada en la calle.
Un “¿te falta algo?” dicho sin lástima.
Un sacerdote que no me dio sermones, me dio hermandad.
Ellos quizás no lo saben.
Pero cada pequeño gesto me devolvió algo grande: esperanza.
La certeza incómoda de que el mundo no es tan mierda como nos gusta repetir para justificar nuestra indiferencia.
Aprendí algo brutalmente simple:
no me salvó un sistema, ni una idea, ni un discurso bonito.
Me salvó la comunidad.
Personas con errores, diferencias y contradicciones. Humanos de verdad.
Ahí entendí la ironía final:
no fue el encierro lo que me mostró lo peor del mundo,
fue la gente la que me mostró lo mejor.
Cardeto no me devolvió lo que perdí.
Me dio algo más difícil: una nueva forma de mirar.
Donde los buenos son más.
Donde lo bueno se contagia.
Y donde ayudar no es heroísmo, es elección.
Gracias, Cardeto.
Gracias a su gente.
Porque a veces no hace falta cambiar el mundo.
Basta con abrir una puerta… y no cerrarle el alma a nadie.
Elvis Roman Casa de Cambio Pub